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El fútbol también debe ayudar

DESMEMORIATS / JOSEP LIZONDO. 09/09/2015 En la masa de refugiados que está llegando a Europa se encuentran informáticos, carniceros, ingenieros, médicos, profesores de escuela, mecánicos... gente útil obligada a salir disparada de su hogar para salvar la vida. Si sus fundaciones tienen algún sentido, señores del balón, es para asuntos como estos

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VALENCIA. Milan Sasic saltó a la fama por obrar el milagro con el TuS Koblenz, un diminuto club de la Alemania rural al que consiguió situar, y mentener, en segunda división. Cuando accedió al cargo la entidad estaba en liquidación, no tenía oficinas, ni podían usar los vestuarios, embargados. Su obra la moldeó conjuntando a parias e inadaptados sujetados con chavales que apenas estaban abandonado la pubertad. Tiempo después se consagraría como mito al evitar que el Kaiserlautern, en un novelesco final de liga, diera con sus huesos en tercera división. En apenas unos años salvó de la desaparición a dos clubes, uno de ellos, la esencia misma del balompié germano.

La vida de Sasic tendría una buena película si los caminos le hubieran llevado al Bronx, para formar con bates de béisbol o melones de cuero a niños de papá. Su historia, más allá del componente milagrero, empezó en Croacia, de allí, llegó a Alemania como refugiado de guerra y empezó a salir adelante desde su modesto puesto de jardinero municipal. Gracias al cual accedería a entrenar a un equipo de juveniles en una escuela de barrio.

En el país de Merkel la cuestión del balón tiene un peso primordial en la adaptación de los inmigrantes y refugiados. La labor del Türkiyemspor -club berlinés de origen turco- premiada con todo tipo de medallas al mérito y honores, fue fundamental para que la comunidad turca de los 70 y 80 se integrara en el país, tanto, que sin él, casos como el de Özil difícilmente hubieran sido posibles.

La alemana es una sociedad implicada, por ello no es extraño encontrar en su fútbol más modesto un crisol de entidades deportivas que tienen en la lucha contra el racismo, la homofobia o el machismo una forma de vida; sus hinchadas, en constante danza, trabajan incansablemente en actividades sociales de todo tipo.

Así, no sorprende que desde mayo exista el Welcome United, creado como filial del rebelde Babelsberg, entidad que recibe el nombre del barrio obrero de Postdam; o el FC Lampedusa, en Hamburgo. Ambas formaciones utilizan lo superfluo de la pelota para asuntos más importantes como dar cobijo, cobertura legal, buscar trabajo e integrar - además de servir como vía de escape - a los refugiados que llegan a Europa en busca de una vida digna.

En Japón, en las regiones afectadas por el desastre de Fukushima, el fútbol está ayudando a que los niños pierdan el miedo a salir de casa y chafar la tierra. En Zanzíbar, una jabata como Megan Shutzer ha emprendido una revolución feminista a través del fútbol para que una sociedad religiosa, machista y conservadora libere a sus mujeres y puedan practicar deporte. En Camboya este mismo esférico está ayudando a que niños y niñas eviten las calles para ser víctimas de la explotación sexual y reciban educación.

Probablemente el deporte sea de los mayores mecanismos de integración que posea el hombre.

Sí, el poder de la pelota también tiene su cara oscura. Entre los primeros objetivos en ser bombardeados por Israel están las instalaciones deportivas palestinas. Desde 1998 la liga local no ha podido completar una jornada porque sus equipos son retenidos durante horas en los puntos de control hebreos; sus estrellas nacionales se pudren en la cárcel durante años sin juicio ni acusación alguna, y su selección, ha tenido mil y un problemas para competir internacionalmente por las trabas que pone Tel Aviv. Todo por el temor a que la causa Palestina adquiriera una mayor visibilidad gracias al fútbol.

Y ahí está la gran cuestión.

El deporte de masas no necesita el cadáver de un niño de tres años para poner el foco sobre un problema. El mero hecho de acercarse a él y tratarlo ya invita a miles de personas a conocerlo y sensibilizarse. Es el poder que desconocen tener los grandes clubes, enclaustrados en su ego y alejados de aquellos orígenes de barras de bar, de calles, de barrios y grupos de amigos, al haber mutado en una cárnica y fría industria.

Muchos, como el R.Madrid y el Bayern, han donado dinero ante la crisis humanitaria siria. Otros, como el Valencia, están coordinando con ACNUR su ayuda. Algunos, como el Hamburgo, cedieron hace un mes y medio el parking de su estadio para levantar un campamento de refugiados. Los de más allá invitaron a esas buenas gentes a sus partidos.

Pero pueden hacer mucho más que hacerse una foto. En esos campamentos falta de casi todo, menos balones. En ellos hay familias enteras, que no necesitan limosna, sino una oportunidad para empezar de nuevo. Y el mundo del deporte puede jugar un papel fundamental para ayudarles a integrarse en las escuelas, ciudades y poblaciones donde vayan a residir. Ser la excusa para que esos niños se evadan de los problemas y el cauce sobre el cual entablar nuevas amistades o plantar las bases de una nueva existencia.

Milan Sasic confesó tiempo después que aquel pequeño trabajo de jardinero le dio un motivo por el cual levantarse cada mañana, con el que poder sacar adelante a su familia y progresar. En la masa de refugiados que está llegando a Europa se encuentran informáticos, carniceros, ingenieros, médicos, profesores de escuela, mecánicos... gente útil obligada a salir disparada de su hogar para salvar la vida. Si sus fundaciones tienen algún sentido, señores del balón, es para asuntos como estos.

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2 comentarios

10/09/2015 16:15

Un aplauso emocionado para este artículo. Desde la Penya Valencianista per la Solidaritat hace más de diez años que entendimos que el fútbol puede redimirnos y a eso dedicamos las 24 horas del día. Qué pena que con lo que ya llevamos hecho una buena parte de la sociedad valencianista no nos conozca aún y pueda sentirse orgullosa de lo que hacemos.

Padillito escribió
09/09/2015 21:44

Me quito el sombrero ante este artículo. Gracias.

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